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Entre todas las situaciones que suceden entre los niños en los primeros años, y que más disgustan a las docentes en las escuelas infantiles, pese a saber que se encuentran dentro de la normalidad del desarrollo infantil, se encuentran los …mordiscos. Es lógico que estas situaciones no sean agradables ni para las educadoras, ni para las familias, tanto en el caso de que vuestro hijo haya sido mordido, como cuando ha sido vuestro pequeño el que lo ha hecho.
Probablemente en este malestar que compartimos, no solo influye el daño realizado, sino también el hecho de que, en muchas ocasiones, los adultos consideramos estos comportamientos como muy “primitivos” y por tanto solemos asociarles una intencionalidad que, en esta etapa, no tienen.
Y es que, en los tres primeros años, los mordiscos, los arañazos, los empujones… también forman parte de esas primeras formas de relación entre los niños que debemos, con cariño y acompañamiento, ir modelando para enseñarles otras formas de comunicarse, más adecuadas.

Los mordiscos pueden suceder por diferentes causas, pero la que subyace en todas ellas, la encontramos en el desarrollo del cerebro del niño en esta etapa.
Los menores de tres años pueden morder, arañar, empujar… porque la parte de su cerebro encargada de inhibir conductas y de empatizar con otros (la corteza) no está aún madura. De esta forma si quiero algo que otro tiene, morder puede ser una forma de conseguirlo e incluso de defender mi juguete cuando me lo quieren quitar, sin que, en ningún caso obedezca a hacer daño a otro de forma intencionada, como a veces nos empeñamos en creer.
Debemos tener en cuenta que además de esa corteza inmadura, los más pequeños en esta etapa se expresan fundamentalmente a través de su cuerpo, con actuaciones corporales. Ya que no tienen un gran dominio del lenguaje que les permita explicar lo que quieren o necesitan de forma verbal, como nos gustaría.
Las razones por las que un pequeño puede llevar a cabo estas actuaciones impulsivas y corporales, pueden ser diversas.
Entre ellas:
Porque se encuentra cansado, con sueño o con hambre… y ante ese malestar reacciona con una respuesta corporal.
En el caso del período de adaptación al centro escolar, los mordiscos también son más frecuentes ya que los niños se encuentran más inestables emocionalmente y pueden manifestar este malestar a través de los mordiscos o con otras conductas disruptivas.
Como reacción a algo que le ha molestado de otro compañero e incluso de una situación que ha sucedido y le ha hecho activar su cerebro más reptiliano. Por ejemplo, puede morder para defender un juguete que tiene, que quiere conseguir, e incluso ante la cercanía de otro niño que considera que está invadiendo su espacio o que le está molestando.
Y también en ocasiones pueden deberse a emociones positivas muy intensas. Por ejemplo por mostrarse muy excitado o muy contento, expresando esta emoción con un mordisco o un abrazo excesivamente efusivo que puede resultar molesto.
Para llamar la atención del adulto. Los mordiscos, los empujones, los arañazos… llaman siempre nuestra atención, y el cerebro del niño necesita la atención del adulto. No importa si esta atención es para corregirle. En el caso de los centros escolares hay, además, mucha «competencia» para conseguir la atención del docente ya que hay más niños, y esta puede ser una forma de conseguirla que descubre da muy buen resultado. En estas situaciones además es muy común que el pequeño nos mire mientras lo hace, como si nos dijera: ¿te estás dado cuenta de lo que voy a hacer?
Por imitación de otros que lo han hecho antes. En ocasiones sucede que cuando un niño muerde, empiezan a surgir otros imitadores, que conscientes de la atención que ha despertado en el adulto esta situación, buscan lograrla replicando la conducta.
Y a veces no hay ninguna causa, siendo una conducta “exploratoria”, que busca experimentar con la reacción de lo que sucede cuando lo hace (como haría con un juguete en el que cuando apretando un botón suena un sonido). Esto es más frecuente en niños muy pequeños o con necesidades educativas especiales.
En gran parte de los casos no llegaremos a tiempo de evitar que sucedan, ya que sobre todo las primeras veces que lo hacen, son conductas que suceden muy rápido y son inesperadas.
Esto es algo que, en muchas ocasiones, nos desespera a las educadoras infantiles, ya que incluso aunque tengamos identificado al pequeño que muerde, no podemos evitar (ni debemos) que se relacione con otros niños y los mordiscos suelen surgir en situaciones de actividad no dirigidas sobre las que tenemos menos control (por ejemplo, en los cambios de pañal) o en situaciones de transición entre una actividad y otra.
Para intentar minimizar los mordiscos es útil conocer la causa concreta que los produce, ya que nuestra respuesta será más efectiva si no conocemos la causa.
También puede resultarnos útil acompañarles en el juego con el grupo de iguales, y modelarlo, si creemos que el mordisco sucede porque le cuesta relacionarse con sus compañeros.
Con el niño que muerde:

Aunque debemos asegurarnos de que el pequeño ha entendido que su conducta (no él) no ha sido correcta, ahora que ya sabemos que los mordiscos y otras conductas inadecuadas, se producen por inmadurez cerebral, castigarle por no poder controlar sus impulsos por la edad que tiene, no parece lo más justo. ¿Verdad?
Por ello debemos evitar:
Con el niño que ha sido mordido debemos evitar:
En definitiva…
Los mordiscos, al igual que otras situaciones disruptivas que se producen entre los niños, también forman parte del desarrollo y de esas primeras interacciones sociales que comienzan en nuestra etapa y que, poco a poco, tienen que ir aprendiendo a modelar y a ajustar.
Nosotros como adultos responsables, no siempre podemos evitar que sucedan situaciones que nos disgustan, pero sí debemos ayudarles a ir solventando estas situaciones dotándoles de recursos, con paciencia, afecto y siendo modelos adecuados. Todo un reto, que, sin duda, nos dará muy buenos resultados en el futuro.
Ana Muñoz
Pedagoga especializada en Educación y Neuropedagogía infantil
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